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OPINIÓN | ‘C’s, en la cuerda floja’, por Alberto Huertas

Escrito por el 30 mayo, 2019

FOTO: eldiario.es

Nuestro país se veía sumido en 2011 en la mayor crisis institucional de nuestra historia reciente, basada en la desconfianza de la ciudadanía en nuestras instituciones y clase política. A los estragos de la crisis económica, sentidos por buena parte de la sociedad, se unía la enorme gotera que se abría con el incesante conocimiento de numerosos casos de corrupción que, a uno y otro lado del espectro ideológico, acaban por abrir en canal la brecha de la desconfianza y el descrédito social hacia el propio sistema.

Una crisis que empujó a una necesaria renovación del concepto existente hasta entonces de nuestra clase política. Nacieron así nuevas alternativas en pos de la regeneración del aparente putrefacto sistema al que los años de bipartidismo nos había abocado. Se propiciaba así el escenario perfecto para la aparición, en la escena política española, de partidos que, como un soplo de aire fresco, inocularon la ilusión suficiente como para aliviar el malestar existente en la población, haciéndoles sentir que un cambio era posible. Una verdadera válvula de escape que logró contener las calles y aplacar los ánimos, al entender que una regeneración próxima y total era posible.

Los partidos de la «nueva política» supusieron una válvula de escape que logró contener las calles y aplacar los ánimos, al entender que una regeneración próxima y total era posible.

C’s y Podemos fueron los partidos que, a derecha e izquierda, insuflaron aires de la tan demandada renovación y buenas dosis de oxígeno a la esperanza rota de una sociedad hastiada, y fuertemente castigada, por un sistema caduco, falto de empatía y sensibilidad social, enquistado en las viejas formas y reacio a introducir normas que fiscalizasen lo público poniendo muros de inmaculado cristal a nuestras instituciones.

Precisamente por eso, ambos partidos -y todo aquél que venga a protagonizar la denominada «nueva política»- tienen la enorme responsabilidad de no decepcionar. Hacerlo, supondría abocar a una sociedad recuperada, pero aún malherida y agotada, a un nuevo fondo de desánimo en el que la sociedad vería sumidas sus esperanzas en una «argamasa» de tristeza, decepción y rabia. Porque las recaídas suelen ser más virulentas y las posibilidades de recuperación cada vez más remotas e inciertas.

Somos Región, el partido de Garre, se presentaba a las elecciones bajo una máxima, a modo de advertencia. Los intereses de la Región de Murcia no pueden defenderse bajo el paraguas de partidos cuyas cúpulas a nivel nacional tienen los ojos, la mirada y los intereses puestos en otros puntos de España, y cuyas decisiones sobre lo cercano -lo que verdaderamente le importa y conviene al ciudadano- se miran con la distancia y el desconocimiento propio que ofrece el km0 de nuestra geografía nacional.

El mensaje no ha logrado una aceptación suficientemente importante como para conseguir representación en la Asamblea Regional, pero muchos se acuerdan de ese mantra, repetido hasta la saciedad por la formación de Alberto Garre, al observar atónitos como las negociaciones del futuro gobierno de la Región de Murcia se despacha en Madrid, ante la poca intervención de los responsables políticos murcianos, y en el que pareciera ponerse en juego el futuro de la Región de Murcia como si de un intercambio de cromos se tratase.

Y lo que es peor, poniendo encima de la mesa condiciones que nada tienen que ver con los modelos, propuestas y decisiones de futuro que interesan a la Región de Murcia.

Ciudadanos ha condicionado en las últimas horas su apoyo al PSRM-PSOE a que el líder socialista regional, y candidato a la Presidencia de la CARM, Diego Conesa, reniegue de su Secretario General, y Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y se posicione -por escrito- a favor de la aplicación del 155 en Cataluña. Una estrategia cuyo único fin -más allá de reafirmarse frente a quienes siguen viendo en el partido naranja al infalible defensor de la unidad de España, frente al conflicto catalán- sólo pueda entenderse como la justificación futura frente a un acuerdo (algunas fuentes aseguran que sólo está pendiente de rúbrica) que le lleve a apoyar la investidura del partido al que más horas de críticas vertió durante la campaña electoral. Ése, un PP, al que la portavoz nacional de la formación naranja, Inés Arrimadas, calificó de «corrupto» -hace tan sólo unos días, a su paso por Murcia en campaña- y del que señaló que “24 años en el gobierno eran demasiados”.

La formación narnaja deberá entender cuál es el mensaje que los ciudadanos le dieron con un apoyo que, aunque insuficiente para sus pretensiones, ha servido para colocarlo como actor principal en la trascendental tarea de decantar la balanza y ser la llave de la gobernabilidad de la Región de Murcia para los próximos cuatro años.

La formación naranja deberá entender cuál es el mensaje que los ciudadanos le dieron con un apoyo que, aunque insuficiente para sus pretensiones, ha servido para colocarlo como actor principal en la trascendental tarea de decantar la balanza y ser la llave de la gobernabilidad.

Probablemente un porcentaje importante de los votos conseguidos por la formación naranja el pasado 26M en nuestra Comunidad, provengan de aquellos que, sin ser de izquierdas, veían necesaria una renovación política e institucional, después de un mandato unicolor de casi un cuarto de siglo, amparada bajo la tutela de un partido calificado de centro y que, en materia económica y fiscal, no pusiera -a su juicio- en juego la estabilidad de nuestra economía y tejido productivo. Un tipo de votante que depositaba en el PSOE regional el peso de la renovación y en C´s el equilibrio.

En las pasadas elecciones autonómicas Podemos sufrió un severo retroceso en votos, probablemente motivado por el descontento de aquellos que depositaron su confianza en la formación morada para incorporar a nuestras instituciones gente socialmente comprometida, lejos de las históricas doctrinas del arte de la política profesional y capaz de canalizar el trasvase hacia una España más igualitaria. Pero su fractura interna de los últimos años, la lucha encarnizada de sus líderes por capitalizar las cuotas de poder o sus repetidas incoherencias entre el discurso y los hechos, acabaron por oxidar la máquina y, con ella, la confianza de cuantos confiaron en un ilusionante proyecto.

Ciudadanos deberá tomar en las próximas semanas decisiones complicadas a lo largo y ancho del país, pero principalmente en la Región de Murcia. Complicadas, porque deberán hilar muy fino para que el discurso y el mensaje proclamado durante años no choque con la realidad de sus hechos y decisiones. Porque la confianza y la credibilidad, tan frágiles y difíciles de conseguir (más aún en política) se pueden perder en la corta inmensidad de un sólo segundo.